Tango

Mi historia con el baile (Parte 1)

Los latinos somos los amos del ritmo. ¿O tal vez no?

La cultura latina es reconocida en el mundo por su alegría, se debe, en gran parte, a la musicalidad que nos identifica. Cada país tiene un baile o un ritmo musical “típico” al que asociamos. Así mismo asumimos (o muchos extranjeros lo hacen) que por esta naturalidad con la música TODOS somos bailarines profesionales o súper bailarines de salsa, algo así:

Como colombianos, desde pequeños tenemos una fuerte influencia musical. Cuando estamos en el colegio, en los eventos de izadas de bandera y similares, se hacen presentaciones de baile, esto iba desde los más pequeños hasta los más grandes, incluyendo en ocasiones a los docentes. Los más habilidosos en la materia, durante estos años de formación, eran parte de las personas populares del salón.

Pero estos no son dotes que posee todo latino, es como cuando uno se encuentra a alguien de Cali (la cuna de la salsa en Colombia) y espera que sea el mejor bailarín de este género, o que alguien de la Costa Atlántica debe dominar los pasos del vallenato, cosa que no siempre sucede. Todos tenemos un ritmo con el que nos sentimos más cómodos y eso nos permite disfrutarlo con mayor seguridad.

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Es por ello que para bailar no se necesita ser experto y no importa el género musical, TODO se puede bailar. Cada persona tiene su ritmo favorito y su manera única de interpretarlo.

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Les quiero compartir mi historia con el baile, algo que ha sido de amor, odios, complejos y autoestima. Trataré de resumir lo que más pueda, pero la historia es un poco larga, por eso decidí dividirla. (Es pura excusa para tener más posts).

Todo inció a principios del siglo XX

En mi familia, de origen paisa y costeño, la música es fundamental en el día a día. En mi casa, todos los días escuché una mezcla de pasodoble, tango, milonga, fox, vallenato, un poco de rock porque mi papá es un tanto rebelde, salsa y merengue. (Sin contar la música para planchar, que a su vez tiene clásicos bailables).

Por el lado de mi mamá, el baile es una cuestión de genética. Mi abuelita, nacida a inicios del siglo pasado, era la persona más musical que he conocido hasta el día de hoy. Su gran pasión fue: El Tango.

Ella nos contaba como desde joven escuchaba las canciones de los grandes tanguistas argentinos: Carlos Gardel, Hugo del Carril, entre otros. Pero su cantante favorita siempre fue Libertad Lamarque, quien de paso se convirtió en su más grande inspiración.

La voz de mi abuelita era increíble y sus habilidades con el baile sin igual, con decirles que cantando fue como conquistó a mi abuelito, pero eso es historia de otro post.

Tanta era la pasión por el baile de “Misia” Libia, como la llamaban, que se escapaba a dar clases de tango, que en la época (aquellos años en donde la mujer aún no tenía derecho a votar en Colombia) era mal visto y más para una mujer casada. A pesar del apoyo incondicional de mi abuelito, era mejor no “dar papaya” y por eso tenía que volarse. En su momento, el tango era algo de barriada, algo que nació en las calles de Buenos Aires hecho para las personas de bajo nivel socioeconómico, y ¡ay de la mujer católica, casada y con hijos que bailara esas cosas del “diablo”!, pero eso también es harina de otro costal.

En las fiestas de fin de año en nuestra casa (bueno prácticamente todo el año) sonaban tangos y pasodobles sin falta. Todos debíamos pasar a bailar con ella, para aprender, corregir y mejorar las técnicas. Algo que mis tíos y mis primos podemos decir con orgullo es que todos bailamos gracias a sus regaños, correcciones, ejemplo y ante todo, el amor que nos inculcó por cada nota que marcábamos con nuestros cuerpos.  

Así que parte de mis primeros pasos fueron en estos ritmos que enmarcan muchas de las ferias de Manizales (de donde es mi familia materna). Aprendí la elegancia del pasodoble, la rapidez del fox y la pasión del tango. Sin embargo, en estos primeros años era algo muy de familia y en mi caso, de ahí no pasaba.

A parte de mi reconocida timidez, por aquellas épocas infantiles/adolescentes, no era la persona más segura sobre mi apariencia física. Todo esto llevo a que mis números de baile quedaran única y exclusivamente reservados para familia y amigos. Cosa que siguió por muchos años, hasta que por fin decidí vencer estos miedos y darme la oportunidad de superarlos. Si quieren saber cómo…. tendrán que esperar la segunda parte de esta historia.

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