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Un día dejó de tener sentido escribir…

Hoy me puse a revisar algunos de mis textos que escribí durante mi primera carrera y durante mi Maestría. Son textos que no han sido leídos por nadie más, escritos que hice basada en historias que me inventaba para las situaciones que me rodeaban.

Al leer muchas de ellas, no pude evitar una sensación de nostalgia. Recordé esos momentos en que escribía solo por escribir, que en medio de una noche sin sueño podía llenar varias páginas que se fueron acumulando, decenas de historias con vidas y destinos creados por azar.

Un día, esas historias dejaron de llenar mis cuadernos, mi computador, mi mente…

Finalmente, un día deje de escribir…

¿Qué causo que parara?

Tantas pueden ser las respuestas a esa pregunta, tantas las razones que podría decirles. En el momento en que escribí esas historias mi afán era simplemente compartir un relato, crear nuevos mundo e historias para darle sentido a lo que sucedía a mi alrededor.

Después de tanto tiempo, había olvidado que esas historias existían y más que yo las había escrito. El amor, la pasión y la entrega que tienen esos relatos, son los que me recuerdan lo increíble que es darle sentido a nuestro mundo o porqué no, crear nuevos mundos, con infinidad de oportunidades y sinnúmero de finales.

Desde pequeña he tenido una necesidad desbordante de crear historias, en mis juegos de niña siempre buscaba tramas y creaba juegos que podían durar horas o incluso días. En varias ocasiones junto a mis amigos creaba guiones, diálogos, y armaba sets con mis muñecas, a mis amigos hombres los obligaba a jugar conmigo, solo por tener los diálogos masculinos “creíbles” en mis juegos de niña.

En los rincones de la casa de mis papás hay videos de películas que creábamos mientras jugábamos con mis amigos. A inicios de los 2000, cuando mis papás me daban permiso de conectarme a internet por unos minutos, porque aún tocaba vía telefónica, recuerdo buscar historias, cuentos y aventuras por leer. Buscaba la programación de películas, series y dibujos animados. Para mi más allá de entretención, eran una fuente de ideas y de creatividad que podía aplicar a mis juegos.

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En estos momentos de reflexión e introspección, me he dado a la tarea de revisar que contenido leer, revisar y compartir. Fue así como me encontré con aquellos textos, fue así como recordé aquella sensación de escribir y dejarme llevar por imaginación, para que luego la parte racional entrara a corregir, pulir y darle un poco más de estructura a mis relatos.

Crear para no morir.

Hay una frase que ha rondado mi mente desde siempre, no sé si la creé yo o si la leí en otro lugar o se la escuché a alguien más, pero es una frase que ha sido recurrente en mis reflexiones y que por fin puedo aplicar:

«Escribo para no olvidar, olvido para no escribir.»

Y así fue, cuando deje de escribir con tanta frecuencia coincide con una serie de acontecimientos de mi vida que no quiero recordar.

Photo by Spencer Selover

Escribir me recordaba justo esos sucesos que no quería tener presentes, prefería dejarlos de lado, olvidarlos, enterrarlos junto a los amores fallidos y amistades rotas.

Retomar el habito fue algo doloroso, me sentí perdida, sin saber por donde empezar, de qué hablar, cómo iba a ser mi tono, mi público y tantos otros aspectos que Laura de marketing estaba tratando de controlar.

Encontrar esos documentos de hace una década me hizo recordar a Laura la cuenta historias, la que soñaba con historias que tenía que plasmar en papel al día siguiente, la que todos los días llegaba a la universidad con algo nuevo que compartir o con ganas de dejarse sorprender por nuevas historias. Esa Laura que se había escondido unos años, que dejó que sus habilidades se oxidaran un poco, alguien que dejo la escritura en modo automático.

Es increíble la fuerza que tiene un acto tan sencillo como contar historias. Como influye en quien somos, cómo pensamos y cómo vemos el mundo. Sin importar el formato, las historias son el registro de nuestra existencia como humanidad.

Encontrando un sentido para escribir:

La magia que nos motiva a levantarnos y hacer lo que más nos gusta, se puede esconder o reducir, pero no desaparecer, solo debemos encontrar ese detonante que la revitalice. A mi me tomo unos cuantos años y una búsqueda en los documentos de mi computador y de mi mente para recordarme el amor y la pasión que siento por contar historias.

Una de mis películas favoritas, tiene tal vez una de las frases más importantes en la historia del cine y me sirve como conclusión a este texto:

“El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar Benjamín. No puede cambiar de pasión.”

El Secreto de sus ojos, guion por: Eduardo Sacherriy Juan José Campanella.

Mi pasión por narrar se ha transformado y adaptado a las circunstancias, pero no ha desaparecido, hacía falta buscar el archivo faltante para darle sentido.

Ahora, ustedes díganme, ¿cuál es su pasión?, ¿sigue despierta o deben buscar en los archivos de sus recuerdos?

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